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CIERRE DEL FESTIVAL DE CINE Y MÚSICA DE SAN ISIDRO

Artistas de la música y del celuloide hermanados a más de un siglo por la aventura de un festival único.

Cerró anoche el Festival de Cine y Música de San Isidro con un Buster Keaton iluminado en la pantalla, la música de Miau Trío y la risa como disparadora de emociones

Los créditos del corto The Playhouse, de Buster Keaton, un público de todas las edades ovacionado de pie y las Miau Trío sobre el escenario. Esa fue la última postal que dejó anoche la 13° edición del Festival de Cine y Música de San Isidro, que desde el miércoles pasado, en los jardines del Museo Pueyrredón y con acceso gratuito, puso en pantalla clásicos del cine mudo musicalizados por artistas contemporáneos.

Un ciclo organizado y producido por la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro y la Fundación Cinemateca Argentina (FCA), y el apoyo del Grupo Asegurador La Segunda, que convocó a unas 4000 personas y cerró como comenzó, a puro disfrute y celebrando el buen arte, más allá de las décadas. 

“Escuchamos una música desafiante que sonó solo para este ciclo, disfrutamos de películas centenarias y vigentes como el día de su estreno, y en todo momento primó una atmósfera de muchísima alegría entre la gente por el reencuentro y entre los artistas por volver a subir al escenario. Y siempre la risa, el motor de esta edición, que tanta falta nos estaba haciendo.”

ELEONORA JAUREGUIBERRY, subsecretaria general de Cultura de San Isidro.

Marcelo Katz al piano y su Mudos por el Celuloide, entre clarinetes, violonchelo y saxo, abrieron el telón de esta edición acompañando a Chaplin en El pibe (1921), esa conmovedora historia del vagabundo que se cruza y adopta a un niño abandonado para atravesar todo tipo de peripecias en un barrio marginal.

Clímax perfecto en El Hombre mosca (1923) con el joven Harold Lloyd trepando por 1000 dólares y algo más, y siempre a punto de caer, los 12 pisos de un edificio, y el dúo de César Lerner y Marcelo Moguilevsky haciendo sonar todos los instrumentos a mano. La noche más electrónica y experimental con los teclados, acordeón, percusión y medios electrónicos del primero, y los clarinetes, flautas, loops y voz del segundo. “En algunos pasajes tomamos sampleos de swing de los años 20 y 30. Jugamos con eso y los metimos en la computadora como un elemento revisionista más, pero recreado. Y mucho, mucho ensayo”, contó Lerner a poco de subir al escenario del auditorio del Colegio San Juan El Precursor, adonde se llevó la función por mal tiempo.

Solo con su piano, Ernesto Jodos, celebridad del jazz sudamericano, acompañó el viernes las peripecias de Chaplin en La Quimera del oro (1925). Un viaje a Alaska atraído por la fiebre del oro, estadía poco confortable en una cabaña sacudida por una tormenta de nieve, una cantina de pueblo poco amable y el amor que, por suerte, siempre vence. Sutileza, virtuosismo y mucho de bienvenida improvisación en las cuerdas de este sanisidrense que dejó el escenario envuelto en una ovación.

“Fue un festival maravilloso que nos hizo olvidar la ausencia del año pasado. Elegí las películas que conformaban juntas un material interesante y que, además, fueran muy divertidas. Necesitábamos reírnos y lo hicimos”

MARCELA CASSINELLI, presidenta de la Fundación Cinemateca Argentina, que conserva más de 25.000 films de todos los tiempos y nacionalidades.

En todo el ciclo, la video instalación del artista local Fausto Amadeo sobre el algarrobo histórico del museo y anoche, en el cierre, el jardín patrimonial invadido por Keaton. Familias, amigos, clima distendido, cosas ricas para comer y beber provistas desde una barra y Miau Trío haciendo un compendio musical con sintetizadores, beepbox y batería eléctrica a la par de voces, piano, ukelele, cuatro venezolano y guitarras.

“Felices porque una vez vinimos como artistas invitadas de otro grupo y muchas veces como público, pero este es el debut con nuestra música. Amamos el festival y soy fanática de Keaton. ¡Qué más puedo pedir!”

Rocío Katz, integrante de Miau Trío junto a Rocío Iturralde y Mariana Michi.

Por Keaton, cortos centenarios con efectos sorprendentes para su época, El chivo, La casa eléctrica y The Playhouse. Por el lado de las chicas, mucha música, algún riff de los Beatles, pasajes cantados, sonidos guturales a modo de diálogo incomprensible que se completó en la mente de cada espectador, tabla de lavar para simular el paso de una locomotora y mucho jazz al final. 

“Es fabuloso el cine mudo, de una gran expresividad”, comentó Paloma Bello (21), que también había estado en la función del jueves. “Vengo de un distrito del Oeste. Los felicito, gran propuesta, nos reímos mucho”, dijo Fernando, junto a Natalia, de Boulogne. “Sigo al festival, porque me encanta este tipo de cine, su humor, inteligencia, lucidez”, expresó Mercedes García, de San Isidro, que disfrutó del espectáculo tanto como su hijo de 10 años.

Parte de una platea agradecida por Chaplin, Keaton y Lloyd haciendo de las suyas, desafiados por el más grandote, corriendo, trepando, buscando su amor, y también por esos músicos en vivo, claros, versátiles y geniales que se animaron al desafío de componer y tocar por única vez frente al público sobre aquello que fue y siempre será, un lujo que en el arte solo queda reservado para las obras maestras.

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