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“ESTA MUESTRA NOS ENSEÑA A VER CÓMO LAS INFANCIAS FUERON ENTENDIDAS POR LOS ADULTOS, CUÁNTO HEMOS AVANZADO Y CUÁNTO NOS FALTA”

ENTREVISTA A PATRICIO LÓPEZ MÉNDEZ, director de montaje de la muestra (infancia)s, que podrá visitarse hasta el 11 de diciembre EN EL MUSEO PUEYRREDÓN Y EL mUSEO BECCAR VARELA.

El sábado 24 de septiembre, la Secretaría de Cultura y Ciudad de San Isidro inauguró (infancia)s, una muestra conjunta del Museo Pueyrredón y del Museo Beccar Varela, con acceso gratuito y el apoyo del Grupo Asegurador La Segunda, que parte de la pregunta ¿Cómo era ser niño en el siglo XIX? Una iniciativa que exhibe un valioso corpus de unas setenta representaciones iconográficas, entre pinturas y fotografías, además de piezas y textos que nos ponen a reflexionar sobre aquellas infancias, las actuales y las por venir.

Imágenes, objetos y escritos que antes de estar donde están, en vitrinas y paredes, pasaron por las manos (la cabeza y el corazón) de Patricio López Méndez, uno de los directores de montaje y curadores más importantes de nuestro país, que desde hace años se desempeña como director de montaje de gran parte de las muestras que llevan adelante los museos de San Isidro.

Una pasión que despertó muy tempranamente, a sus cinco o seis años, cuando un abuelo lo llevó a él y a su hermana al Museo Saavedra. “En ese museo había un gran despliegue con unos maniquíes empelucados y sentados en una sala con un piano y un arpa. Cuando volvimos a casa, mi abuelo le dijo a mi mamá: Me preocupa esta chica, lloró todo el tiempo, pero más me preocupa él, porque estaba como hipnotizado.

-¿Qué criterio de montaje se utilizó para (infancia)s?

-El primero fue pensar en un discurso distintivo para cada museo. El Pueyrredón es un museo de arte, entonces, teníamos que poner el foco sobre la representación iconográfica de esos niños, tanto en pintura como en fotografía. Reflejar esa necesidad de llevar a los niños a la tela o de sentarlos de mil maneras curiosas frente a una cámara en un siglo, el XIX, que implica una fragilidad muy grande. La mayoría de los niños pintados y fotografiados que vemos en estas salas no debe haber sobrevivido a su infancia. Ese es un dato duro muy fuerte. Por eso, pensamos cuál de todos esos momentos de fragilidad en la vida de esos niños era el más crítico: el sueño. Así, decidimos abrir la muestra con dos cunas. Una privilegiada, de la colección del Museo Fernández Blanco y donada generosamente por la familia Gaona, y otra que armamos tomando en cuenta la tinta sobre papel de Juan León Pallière. Es una cunita suspendida y en altura de un rancho para que las alimañas no mordieran o mataran al bebé. Ese solo dato hace que algo malo te recorra la espina dorsal. Son dos caras de una misma moneda, los dos niños, tanto el rico como el pobre, eran en el siglo XIX igual de frágiles y morían por eventos o enfermedades que hoy no matan a nadie.

Para reflejar esa fragilidad y la necesidad de los adultos por retratar a los niños, López Méndez refiere al libro de caja del comerciante español Ramón Fernández, que se exhibe en una vitrina y donde este hombre comienza a registrar la vida de sus dos primeros hijos, que son mellizos y nacieron el 2 de marzo de 1871.

“Es un día a día desde el momento mismo del parto y con la minuciosidad propia de un comerciante. Cuántas comadronas intervienen, cuándo llega el doctor, cuánto pesan y miden, cómo van evolucionando sus hijos y su mujer, cómo uno de los niños empieza a desmejorar y entonces él se preocupa y lo bautiza. A lo largo de todo el relato hay una obsesión: cuándo sus hijos van a estar lo suficientemente bien de salud para poder llevarlos al estudio de fotografía. Afortunadamente –sigue López Méndez-, ambos niños sobrevivieron y el hijo de uno de ellos donó este libro al Museo Fernández Blanco, que gentilmente lo prestó para esta exposición”.

“El Pueyrredón es un museo de arte, entonces, teníamos que poner el foco sobre la representación iconográfica de esos niños, tanto en pintura como en fotografía”.

PATRICIO LÓPEZ MÉNDEZ, director de Montaje de (infancia)s

-¿Qué nos cuentan esas pinturas y fotografías?

-De algún modo, nos hablan de lo que la sociedad esperaba de estos niños, de las expectativas que se depositaban en ellos. Todo estaba pautado. En los estudios de fotografía, por ejemplo, siempre había muñecas para darles a las niñas y pequeñas armas de juguete para los niños. Era una manera de decir: esto es lo que debes ser, este es el mandato que la sociedad deposita en vos y espera que continúes. Estas salas explican el infancias, con s, porque había infancias privilegiadas e infancias que no lo eran. Solo debemos pensar que un 40 por ciento de los niños eran expósitos o nacidos fuera del matrimonio, que los niños circulaban y trabajan en la calle y en los campos; niñas que dejaban de serlo tempranamente porque llegaba la primera menstruación y eso la convertía en una mujer apta. Niños aptos para trabajar en los talleres de sastrería, zapatería o talabartería de sus padres, que eran piezas o unidades de trabajo dentro de la familia. Una realidad que en muchos lugares sigue vigente. Hay muchas asignaturas pendientes.

“Hemos avanzado y crecido, miramos a esos niños y a nuestros niños de otra manera, hemos democratizado, de algún modo, ese bienestar social, pensamos que el niño debe tener su etapa de juego, pero todavía hay muchos niños y niñas que trabajan y no tienen cómo, con qué ni con quién jugar”.

PATRICIO LÓPEZ MÉNDEZ, director de Montaje de la muestra (infancia)s

-¿Qué mensajes encierran esas representaciones?

-Siempre hay claves en la pintura y en la fotografía, claves que hoy podemos comprender y otras que seguramente para ellos eran muy legibles y a nosotros se nos escapan. Esas pinturas encierran mensajes, es muy interesante encontrarlos y saber, por ejemplo, que muy probablemente un niño posando con una florcita en la mano haya sido pintado post mortem. Esa obsesión por el registro del niño muerto, del angelito, que hoy nos parece cuasi macabra, en el siglo XIX era un hecho absolutamente común. De hecho, era parte de lo que promocionaban los estudios fotográficos, el registro de los muertos. No olvidemos que el XIX fue un siglo laicista que paulatinamente le va restando a la Iglesia el registro civil, los matrimonios, la anotación de los que nacen y de los que mueren, el cementerio. En ese mundo laicista la vida terrenal cobra vital importancia. Es decir, el hombre del siglo XVIII vivía para morir y tener mil misas cantadas en su hora final y, así, asegurarse el más allá, la eternidad en el cielo. En el siglo XIX, la vida en la Tierra y sus hechos comienzan desde el nacimiento y terminan con la muerte. Eso debe ser registrado, porque son los pasos fundamentales de la vida en este mundo. La muerte es uno de esos pasos y registrar ese momento, que muchas veces era el único momento en que esa persona quedaba registrada, era algo fundamental.

-¿Qué nos ofrece la muestra en el Museo Beccar Varela?

-Allí la muestra se basa en la educación y en dos personajes fundamentales que fueron propietarios y vivieron en esa casa [por entonces, Quinta Los Ombúes]: Mariquita Sánchez de Thompson, quien probablemente desde la Sociedad de Beneficencia es la primer mujer que se ocupa de la educación de las niñas, y Cosme Beccar, primer presidente del Consejo Escolar local, quien iba a buscar a los niños al campo, en el San Isidro rural del siglo XIX, para tratar de que tuvieran algún grado de escolaridad. Una escolaridad con sus momentos y evoluciones, desde todos juntos y revueltos de las distintas edades y sin importancia de género, hasta la uniformidad del guardapolvo blanco, los grados y los objetos traídos de Francia y Alemania para uso didáctico. Exhibimos verdaderas joyas prestadas por el Colegio Carmen Arriola de Marín, reproducciones de una rana abierta y desmembrada, el cuerpo humano desmontable y un proyector de diapositivas de vidrio, llamado linterna mágica, con un sistema incandescente que no reprodujimos por cuestiones de seguridad, ya que genera muchísimo calor.

“La muestra en el Beccar Varela va del aula improvisada, donde el maestro o la maestra dormían, vivían y comían en el mismo espacio, y donde niños de todas las edades estudiaban un poco de aritmética y a leer y a escribir, al aula formal con un metraje determinado y distintos modelos de pupitres pensando en las distintas edades. Ver toda esa evolución de la educación en San Isidro es muy interesante porque es como el botón de muestra para entender qué es lo que pasó en nuestro país antes y después de 1880”.

PATRICIO LÓPEZ MÉNDEZ.

-¿Qué se lleva la gente de esta muestra sobre su visión sobre las infancias?

Esta muestra nos enseña a ver ese pasado, cómo esas infancias fueron entendidas por los adultos, cuánto avanzamos, qué fue lo que nos hizo mejorar y cuánto todavía nos falta por modificar y aprender. Pero es clave entender que desde esta muestra no juzgamos anacrónicamente el pasado, porque cuando uno emite juicios de valor desde el presente puede cometer serios errores. Es central entender que toda lucha no empezó hace cinco minutos, sino que es mucho más larga y que hubo generaciones que nos precedieron que en muchos casos dieron su vida para que la nuestra sea mejor.

López Méndez tiene 65 años, es licenciado en Historia (UBA) y su primer trabajo, a la par de la universidad, fue hacer dibujos animados con Manuel García Ferré. Llegó a trabajar en los finales de la película Trapito, no se perdió la etapa de Ico, el caballito valiente, y soñaba con ser el Walt Disney argentino. Pero su vida tomó otro rumbo, empezó a trabajar en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, donde desde 2000 es jefe técnico y curador principal, y lleva cuarenta años diseñando museos y muestras.

Dice que desde los cimientos debe haber diseñado una docena de museos y a otro tanto los dio “vuelta como una media. ¿Exposiciones?…, perdí la cuenta”, asegura sonriente este vecino de Balvanera que siente a San Isidro como su patria de adopción y a los museos de San Isidro como sus hijos.

“Pero hijos que, como debe ser, tienen su propia libertad. Algún día yo no voy a estar y ellos seguirán su propia vida. Uno lo lanza al ruedo y el museo evoluciona, y dentro de 50 años seguramente será otro museo que no tenga nada que ver con lo que nosotros pensamos, y la historia se contará de otra manera o el arte se verá de otro modo. Más allá de eso, trabajar con los equipos técnicos de los tres museos municipales de San Isidro siempre es un placer, porque hay gente muy capaz y profesional, empezando por Eleonora [Jaureguiberry, secretaria de Cultura y Ciudad del municipio] que coordina todo el trabajo. Una mujer muy entusiasta que contagia su efervescencia. No es común que los funcionarios de cultura se dediquen y amen lo que hacen como lo hace ella, al margen de su acabado conocimiento de cada una de las áreas de la cultura. Es clave que el funcionario se entusiasme y ame lo que hace, y que difunda el patrimonio.

“No basta con declamar el patrimonio, el patrimonio hay que cuidarlo y la mejor manera de hacerlo es contarlo, darle voz. Los objetos no tienen voz propia, son mudos, pero uno los puede hacer hablar y es importante qué les hacemos decir, qué mensajes vamos a transmitir, porque ese viaje por el pasado nos va a ayudar a entender lo que somos y a tratar de mejorar la vida de las generaciones que nos sucedan”.

PATRICIO LÓPEZ MÉNDEZ, director de Montaje de (infancia)s

-¿Qué debe tener un buen montaje para emocionar o conmover al público?

-Nuestra tarea es darle volumen a las historias, poner de alguna manera la palabra escrita en los objetos. Es clave generar climas y, para eso, utilizamos distintas herramientas, colores, luces, música, reproduciendo algún tipo de mobiliario. Todo eso nos sirve para contar mejor una historia y para que el público se lleve ese mensaje guardado en la retina y en el corazón, en sus emociones. Mi trabajo ayuda a que eso ocurra, debe ser invisible y es efímero, pero, por esa condición y aunque nunca vaya a colgarse en la pared como la pintura de un artista, no deja de ser arte. Un arte que dura lo que dura una muestra, lo que dura la presentación de un museo. Nunca será más importante el contenedor que el contenido, es como una caja de bombones, lo que importa son los bombones. Sin embargo, aunque finalmente termine siendo el costurero de la familia, uno siempre tiende a elegir y comprar una linda caja de bombones.

+ López Méndez ha diseñado y realizado más de una docena de museos en todo el país, desde su construcción y curaduría de montaje, o desde su remodelación parcial o total. Entre ellos, el Museo del Hombre y el Mar (Puerto Madryn, Chubut), el Museo Evita (Buenos Aires), el Museo Etnográfico Juan Bautista Ambrosetti, Facultad de Filosofía y Letras (UBA/Buenos Aires) y los tres museos municipales de San Isidro, el Pueyrredón, el Beccar Varela-Quinta Los Ombúes y el del Juguete. Además, diseñó y curó centenares de exhibiciones en nuestro país y el extranjero, participó en catálogos como autor o coautor, y dictó seminarios sobre museos, curaduría y exposiciones en instituciones de la Argentina y Estados Unidos.
+ La gran mayoría de las imágenes de la exposición pertenecen a las colecciones privadas de Mario López Olaciregui y Carlos Vertanessian, además de las piezas cedidas por el Museo Fernández Blanco y el Museo Hno. Otón Dionisio (Colegio Carmen Arriola Marín).
+ información sobre (infancia)s
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