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LA LÍNEA SINCERA: ERNESTO BALLESTEROS EN CENTRAL DE PROCESOS

En Primera Persona: entrevista al destacado artista contemporáneo

“Vamos a divertirnos y a descubrir que las líneas son hermosas y realizables por cualquiera, y que no hay que saber dibujar para dibujar”

A pocas semanas de la apertura de La línea sincera, el artista Ernesto Ballesteros habla de esta experiencia que tendrá al dibujo en el centro de la escena, pondrá al público en acción y durará hasta agotarse los 1.400 lápices que estarán disponibles en distintas estaciones de trabajo y juego. Una iniciativa de Central de Procesos, que depende de la Subsecretaría General de Cultura de San Isidro y oficia como una especie de laboratorio de articulación y conversación de los autores con sus audiencias para generar nuevos aprendizajes y experiencias, tanto propias como para el visitante.

Un laboratorio que desde su creación, en 2016, invita a un público de todas las edades, sobre todo a niños, niñas y adolescentes que llegan con sus familias, amigos o escuelas, a arremangarse en la planta baja de la casona de la Avenida del Libertador 16.208, en pleno casco histórico de San Isidro, por la que pasaron Sebastián Gordín, Chu, Marcela Cabutti, Nushi Muntaabski, Joaquín Fargas y Guillermo Srodek-Hart, entre muchos otros destacados artistas.

-¿Cuál será el sello más importante que tendrá tu propuesta?

-Vamos a llevar a cabo una serie de experimentos para que los niños, niñas y adultos se diviertan y descubran a partir de la propia experiencia. Hemos visto y escuchado a tanta gente decir: Vos sabés dibujar, vos no sabés dibujar, vos sos malo en el fútbol, vos sos bueno en el fútbol, vos te sacaste un tres o un diez, usted está aceptado y usted está rechazado. Yo voy por otro camino y en el terreno donde trabajo, que es el dibujo, me gusta que nadie se sienta rechazado. Uno hace un dibujo cuando va de la cama al living, como dice Charly García, en ese trayecto hacemos dibujos que pueden cambiar varias veces en el día. Si pudiéramos hacer una línea en el piso de todos esos recorridos veríamos que son unos dibujos hermosos. Con el pensamiento, de un niño o de un adulto, pasa lo mismo, muchas veces pensamos lo mismo, en los seres queridos, en las derrotas, en las victorias, en el pasado y en el futuro, en los miedos y en lo que nos espera. Son líneas que van hacia zonas conocidas, temidas o deseadas. Para mí esos pensamientos son líneas. Dibujar es expresarse aún sin proponérselo.

-¿Habrá que lanzarse al hacer sin rodeos?

-Seguro, vamos a divertirnos y a descubrir que las líneas son hermosas y realizables por cualquiera, y que no hay que saber dibujar para dibujar. En el dibujo no hay buenos ni malos, hay posibilidades y ganas o no de hacerlo. Saldrá algo hermoso, seguramente, pero nadie vendrá a juzgarte porque lo importante no es eso, sino que el dibujo esté hecho. La raya para peinarte, cómo doblas la ropa, las líneas de las burbujas del detergente sobre el plato, por dónde entras a la cama. Todo está lleno de líneas y puntos, de colores y manchones.

Cuando piensa en la experiencia que se avecina en San Isidro, Ernesto habla de una carrera de lápices, en dibujar en una pared con colores luminosos, en rayitas, líneas y círculos, y en un gran boceto con textos explicativos que podrían servir de disparadores en las distintas estaciones que serán parte de esa iniciativa llena de mesas de trabajo, papeles, lápices de colores y de situaciones abiertas a lo que pueda surgir en el propio hacer de los visitantes/protagonistas.

Ballesteros (1963) se resiste a la construcción de un estilo y a la necesidad de elegir. Se dice libre y pregona la libertad del arte, plasmada en trabajos muy disímiles en cuanto a enfoques, técnicas y materiales, del cómic a la pintura o el dibujo, y de la astrofotografía a las instalaciones y las performances. Y habla de trazos, de la magia del final abierto, del ruido del lápiz al pasar sobre el papel, como marcando un ritmo, y de la energía de las obras en las que intervienen muchas personas. Algo insoslayable en Central de Procesos, donde más allá de la acción individual, siempre hay propuestas artísticas colectivas que se van redondeando con la suma de manos y voluntades.

“Más allá de que sea una idea y un trabajo mío, muchos de mis dibujos los hice firmar por ayudantes que trabajaron conmigo, sea uno, cuatro, ocho o diez… Es fascinante ver todo el proceso, cuando se empieza, a los diez minutos, a la hora o a las 24 horas. Ver cómo la obra se va cargando y lo que va significando la presencia de muchas manos en mucho tiempo. Más que escuchar: Qué lindo dibujo, me interesa: Guau, cuanta energía hay puesta ahí”, asegura el artista.

En una casa de la infancia sin televisión y en la que tenía dos opciones: morirse de aburrimiento o dibujar, a Ernesto le bastó una sola experiencia para definir su destino de artista. Fue la visita al taller de su tío abuelo Valerio, que toda su vida había trabajado en Europa como peón de campo y llegó de grande a la Argentina con la ayuda de su hermano (“el abuelo Fidel, que tenía un almacén en la esquina de Yatay y Potosí”), quien juntó unos pesos para que Valerio concrete el viaje.

“Cuando mi abuelo Fidel le preguntó que quería hacer, él le respondió: Pintar, que era lo que siempre había querido hacer. Y se puso a pintar… Era una casa antigua, no recuerdo bien en qué barrio, con un pasillo y una escalerita. La habitación, de techos altos, era chiquita, pero se me viene a la memoria enorme. Yo tenía cuatro o cinco años. Y se me presentó una habitación como nunca había visto antes llena de cuadros, telas, trapos manchados, pinceles, un caballete, un olor especial y la idea de desorden. Todo eso estaba allí desplegado”, recuerda Ernesto, que volvió a su casa, tomó su caja de marcadores Sylvapen de 12 colores y se dibujó a sí mismo pintando sobre un caballete enorme, desproporcionado. Un dibujo que conserva y atesora.

“La curadora Paola Vega montó una muestra en el Centro Cultural Recoleta de artistas olvidados o algo así, y me pidió un cuadro de Valerio, su primer cuadro, una tempera hermosa. El hacía pintura naif, aparece en la enciclopedia de arte naif, pero seguramente no sabía de la existencia de esa corriente. No sabía pintar, pero lo hizo con mucha puntillosidad y delicadeza. Un mar, aves, flores y barcos apoyados en el horizonte sin ninguna perspectiva, o personas que de igual modo caminan en el borde del pasto. Me gusta pensar que pintaba como teniendo mucho tiempo por delante. También hizo muchos cuadros sobre las cosechas. Se pintaba en el rol de capataz. Visitar su taller fue una gran experiencia, por primera vez me entró en la cabecita que se podía seguir pintando de grande”, dice quien mucho tiempo después, en 2002 y en 2012, ganaría el Premio Konex en Artes Visuales.

-¿Es cierto que le hiciste un manchón a uno de sus cuadros?

-Es verdad, me hiciste acordar (se ríe). En casa había tres o cuatro cuadros de Valerio, yo los veía, los tocaba, me detenía en la pincelada, los olía. Una tarde, en ausencia de mi padre y mi madre, no pude frenar el deseo, me puse a buscar algo parecido a pintura y en el bolsito donde mi madre guardaba los lápices labiales encontré uno rosa. En La cosecha, en el centro y hacia la izquierda, hay una pareja debajo un árbol, ella con vestido azul y él con pantalones bordó, un cigarrillo en la boca y un gesto como convidándole un cigarrillo. Pinté sobre el zapato de la mujer y cuando quise arreglarlo se me fue de las manos y empecé a empeorarlo. La cagué, me dije. Rogué que mis viejos no se dieran cuenta de ese zapato extrañamente grande. Quince años después confesé el hecho y les mostré el cuadro.

-¿Qué te quería decir el profesor Ernesto Murillo cuando te hablaba de la importancia de pintar de adentro hacia afuera?

-Yo estaría en quinto o sexto grado, cuando fui a mi primer taller de dibujo. Alberto Bruzzone iba una vez al mes a supervisar, pero las clases estaban cargo de Murillo, que me abrió al mundo vinculado con lo invisible. Yo dibujaba bastante bien, entre comillas. Me ponías un jarrón y una botella y listo, lo sombreaba con carbonilla. Pero él nos repetía: Descubran las formas de adentro hacia afuera. La premisa era no dibujar primero el borde de la botella y luego el borde de la manzana. Había que encontrar la fuerza que había adentro de cada cosa y de las distintas cosas entre sí. Nos alentaba a dibujar sin pensar, aunque después el resultado sea un manchón. De ese modo, la construcción de la forma era mucho más palpable y genuina, no un maquillaje, había que entender desde el centro del objeto. Descubrir eso fue hermoso. Fue la primera vez que un profe (Murillo, que ubica como el más importante para él) me hablaba de algo que no se veía pero que se podía dibujar igual. Eso sí, volvía a casa con unos dibujos que eran enormes manchones y mi viejo y mi vieja, con buena voluntad y sin ánimo de desalentarme, me decían: Qué lindo Ernestito, ¿qué es?

-¿Empezar por los contornos es la falsa garantía de que tenemos captada la imagen?

-Tal cual, es como si uno quisiera dibujar el alma de un rostro y empezara por la cara y la nariz. El cuerpo humano habría que empezar a dibujarlo por los huesos, luego los músculos, la grasa y, por último, la piel. Así lo vamos a construir de otra manera, que yo creo mucho mejor, más allá de que todo eso interno que dibujamos luego lo tapemos. Hay que entender de dónde vienen las formas, aunque no sea algo preciso, sí es definitivamente algo muy poético. Es empezar a confiar en lo que no se ve y en darle lugar a la sospecha.

-Valerio aparecía muchas veces como un personaje más dentro del cuadro, ¿cómo aparecés vos en tus obras?

-Lo más importante para mí es la libertad, la libertad de hacer lo que quiera en mi trabajo. Así me manifiesto. En mi trabajo lo que se mantiene es el cambio constante, más que algún tipo de profundización en un tema. Eso lo padecí de pibe con profesores que me decían: Hay que buscar una imagen propia y llevarla adelante. En un punto, eso está bien, pero me parece que es una forma de seducir al espectador o a los coleccionistas, que me reconozcan por una imagen propia. Pero eso no es una forma de ser libre. Yo hago arte para tener un espacio de libertad puro, y si yo cambio mi forma de ver las cosas y el mundo, ¿por qué no va a cambiar mi trabajo? Otros me decían: No entiendo cómo pasaste de esto a esto otro tan distinto. No sé, pero pasé y lo hice honestamente. Yo estoy en mis trabajos en lo que me va interesando en distintos momentos, puede ser el dibujo, la pintura, los aeromodelos de interior, la historieta, la performance. Incluso hago arte sin preocuparme si es arte. Mi trabajo es el cambio.

-¿Pero hay un patrón más allá de las distintas técnicas o materiales?

-Mi hilo conductor es que la gente diga: Qué buen ejemplo de libertad. No me interesa que digan: Qué buenos dibujos. Los niños son hermosos dibujantes, los pájaros cuando vuelan hacen unos dibujos maravillosos en el aire, cuando los patos en fila dejan una estela en un lago también están dibujando. Yo veo dibujos y líneas en todos lados, y comparto el dibujo con muchas personas y seres vivos que son excelentes dibujantes. Me interesa dejar un mensaje de libertad vinculado con el fluir, no con el capricho de cambiar por cambiar. Si fluye está todo bien y si te digo qué voy a hacer en el arte dentro de un año, te miento.

-En 40.000 kilómetros de hilo confinados a una obra de arte hay un claro mensaje de poner el foco en la conciencia ambiental y planetaria.

-A esa obra le quise dar el sentido de algo larguísimo confinado en un espacio muy restringido. Una enorme maraña de hilos color negro que parecía concentrar toda la oscuridad del mundo o del universo. Otra de mis obras fue una caja grande en la que dos personas se miraban desde los extremos. En ese caso estaba proponiendo Vivilo tal como lo ves, como cuando estás frente a un paisaje. Al río, al bosque, al arroyo o al atardecer no le estás pidiendo un mensaje. Te entregás a la experiencia y listo. Cuando hice la performance de los avioncitos de interior no hubo mucho que explicar, la belleza y la magia eran ese vuelo lento, esas hélices que apenas se movían y permitían el avance de esos aviones de un gramo. Siempre, antes de darle información de más al espectador, prefiero exigirle el uso de su propia libertad, incluso asumiendo el riesgo de que se quede sin nada.

El tiempo invertido en la producción artística y la necesidad de cuantificar la energía puesta en el hecho artístico se ha convertido, en muchos casos, en el punto de partida de la poética de Ballesteros. Como planteó con la mencionada 40.000 kilómetros…, esa montaña oscura, negra, y de seis metros por dos y medio que da cuenta de la medida de la circunferencia de la Tierra a la altura del Ecuador. También ocurrió en 2017 con Energía confinada, un mural en el Museo Nacional de Bellas Artes, temporal y de 24 m2, que realizó con la colaboración de quince artistas a partir de lápices fucsia que se desplegaron a una velocidad promedio de 1,6 km/h.

“Para ese mural tomé en cuenta los días y horas trabajadas, el número de artistas participantes y la superficie abarcada para saber la cantidad de línea y la velocidad con la que esta se aplicó al dibujo. Todo es mensurable. Las obras de arte tienen un precio, medidas, hay artistas que se cotizan más que otros, que tienen más galerías que otros, artistas que jamás vendieron una obra. Hay un montón de números rondando al arte, que paradójicamente es un acto poético”, comenta Ballesteros, que en 2015 participó de la 56° Bienal de Arte de Venecia y en 2011 de la 11° Bienal de Lyon, y el año pasado expuso en la galería Ruth Benzacar Cada punto es una selva, que marcó su regreso a la pintura.

-¿Qué te llevó a retomar la pintura durante el aislamiento?

-Lo vi a Damien Hirst, el artista billonario, que se puso a pintar puntos de colores, y me motivé. Estábamos en pleno inicio de la pandemia, todos encerrados y todo cerrado, y me pareció una linda oportunidad para llenar el tiempo, porque si no trabajo me vuelvo loco. Me las tuve que arreglar con lo que había, trece acrílicos que tenía desde hacía quince años, más las pinturas de las paredes de la casa. Luego del primer cuadro en vez de una cucharita use un cucharón, y un trabajo le fue pidiendo espacio al otro. Salieron lindos, muy genuinos, y cuando iba promediando la serie ya me habían informado que se iba a exponer, lo cual siempre resulta mucho más divertido.

Apasionado por la matemática, la astrofísica y la cuántica (“aunque no entienda nada de todo eso”), Ernesto explica que trabaja, en general, con la borra que le dejan el estudio y las lecturas de esas disciplinas. “Mi diseño de trabajo tiene mucho que ver con eso, incluso, tengo el deseo íntimo y oculto de descubrir algo que tenga que ver con la cosmología a través de mis trabajos, algo que por ahora no ocurrió –dice sonriente-, pero me encanta soñar con esa posibilidad”.

Hace unos diez años, Chascomús dejó de ser el sitio al que iba cada tanto a desenchufarse de la gran ciudad y de Barracas, su barrio, para convertirse en su lugar en el mundo. “Somos felices y nos sentimos privilegiados. Puedo pintar sobre el pasto, tenemos una laguna hermosa muy cerca, Juliana tiene el taller acá, yo también, y Jacinto (su hijo) disfruta un montón. Son otros tiempos, otra escenografía”.

-¿Radicarte en un lugar tan distinto de Barracas influyó en tu obra?

-El arte contemporáneo es producto de las grandes ciudades y en un lugar así, de algún modo, se vuelve más difícil creer en ese tipo de arte, porque acá la naturaleza te da todo y es fácil que te convierta en mero espectador. Pero voy seguido a Buenos Aires, con lo cual la ciudad y el infierno de la humanidad (se ríe) siempre están muy presentes.

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